Los peligros de usar la comida como premio de consolación.

Comer es un acto esencial para la supervivencia de todos los animales, pero además en seres humanos la comida es también un acto social y por tanto un factor ligado a nuestro estado emocional, como animales sociales que somos. Comemos para satisfacer nuestras necesidades físicas, pero también comemos más o menos en función de nuestras emociones, para aliviar el estrés, para consolarnos o simplemente porque estamos aburridos. Comerse un litro de helado directamente del bote y con una cuchara sopera es un cliché del cine en las rupturas amorosas, y mucho mejor si es de chocolate ¿verdad? La glucosa de los dulces ayuda a contrarrestar los efectos que las hormonas del estrés producen en nuestro organismo, el azúcar consuela, activa los centros de recompensa, nos hace sentir mejor. En una sociedad sobrealimentada y estresada y con tendencia a ingerir muchos más azúcares de los necesarios, el uso de la comida como “calmante” es un hábito muy extendido y del que no se escapan los niños.

Los padres nuevos descubrimos en seguida que ofrecer un caramelo al niño que está en medio de una rabieta tiene la facultad de cortar la rabieta por lo sano. Mano de santo. Lo pruebas una vez y es como descubrir el hechizo mágico que todo lo arregla. Contra las pupas, azúcar. Un chupa-chups y problema resuelto.

Lo malo es que por lo que parece esto sólo sirve para que los problemas crezcan.
caramelos

Un estudio realizado a medias entre británicos y noruegos afirma que consolar a los niños con comida (preferentemente dulces) puede ser una solución a corto plazo para controlar enfados, rabietas o llantinas, pero que al mismo tiempo puede generar malos hábitos alimenticios a largo plazo que conviertan a los niños en comedores emocionales: adultos que usan la comida como vía de escape para sus problemas. Los investigadores califican a estos padres como “emotional feeders” (alimentadores emocionales) ya que tratar de consolar a un niño que llora también responde a una emoción paterna – el llanto de los niños provoca distrés y los adultos tendemos de forma casi instintiva a hacer algo, lo que sea, para pararlo.

Según este estudio existe ya suficiente evidencia que relaciona el estilo en que los padres alimentamos a nuestros hijos con la forma en que después nuestros hijos van a relacionarse con la comida y afirman los investigadores que consolar a nuestros hijos con comida puede conducir a problemas graves en edades más tardías, como bulimia o alimentación compulsiva.

Para realizar este estudio se siguió una muestra de 800 niños noruegos desde los 4 hasta los 10 años de edad. Los científicos concluyen que dos terceras partes de los niños analizados mostraron comportamientos de ingesta de comida o bebida para sentirse mejor, según cuestionarios que cumplimentaron sus padres. Así, los niños a los que se les había ofrecido comida como forma de consuelo a los 4 o 6 años de edad, comían más para mejorar su estado de ánimo a los 8 y 10 años de edad que el resto y además los niños que se sentían mejor comiendo recibían más comida como método de consolación por parte de sus padres.

Los expertos aconsejan que la comida no se use nunca como método para controlar un llanto o una rabieta y recomiendan otros métodos como la escucha o el consuelo físico para gestionar estas situaciones que para los padres suelen ser muy estresantes. Consolar a los niños a veces es agotador pero otras veces es tan sencillo como darles un beso: mejor eso que una galleta.

El estudio se publicó en abril en la revista Child Development.

Derechos de fotografía: nicubunu.photo, Samila Carvalho

Publica tus comentarios